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Foto Gabriel García MárquezAcabo de ver las noticias en la televisión, hoy, viernes santo, han dedicado mucho tiempo al fallecimiento ayer de Gabriel Garcia Márquez. Han hecho un repaso de su vida y parte de su obra. Y ahí se han activado mis recuerdos. La primera novela que leí de Gabo, tendría unos trece o catorce años, fue un préstamo de mi tío, un lector empedernido devoto de los autores iberoamericanos como Gabriel, Mario Vargas Llosa, Borges, … que pasaba muchas horas leyendo en las noches y a la luz de una vela. Esa novela era Cien años de soledad, recuerdo que la leí en pocos días robando minutos a mis quehaceres diarios y llevándome algún que otro rapapolvo de mi madre cuando me enontraba en mi habitación concentrada en la lectura. En su biblioteca también encontré Los funerales de la Mamá Grande, Ojos de perro azul y El coronel no tiene quien le escriba, pero mi preferida siempre fue la primera que leí.

Unos cinco años después empecé una carrera universitaria lejos de la casa familiar. Con dieciocho años me enfrentaba a la experiencia más importante y excitante de mi corta vida, nuevas amistades, nuevas vivencias. Ese primer año fue toda una amalgama de situaciones y sensaciones, mis primeros pasos sin la tutela parental. Volví a casa por las vacaciones de Navidad y retomé mis clases después de las mismas, mi tiempo libre lo dedicaba a leer, oír música e ir al cine. Los libros los intercambiaba con una compañera de piso y en ocasiones compraba alguno.

Un fin de semana largo viajé a Madrid, mi primer viaje en tren de larga distancia, para alguien acostumbrada a los viajes en avión y en guagua fue toda una aventura pasar una noche en un vagón casi sin dormir y con un compañero de viaje que me tuvo que repetir varias veces su nombre, un Guillermo con un fuerte acento argentino. Mi madre me esperaba en la estación, ella me habia pedido que fuera porque estaría alli supuestamente con mi abuela, que recibía tratamiento contra un cáncer con un pronóstico inicial de sólo de tres a seis meses de vida y que ya llevaba unos años de lucha por el mero hecho de buscar un tratamiento en otra ubicación geográfica. Mi sorpresa fue mayúscula cuando en el hospital no nos esperaba mi abuela, aquel hombre que se dirigía hacia nosotras con una venda en un lado de su cabeza se parecía muchísimo a mi padre. Problemas con una glándula salival y leves sospechas sobre la naturaleza de la inflamación le habían llevado alli. Mi padre es un hombre muy activo, sigue sin jubilarse a sus setenta años, asi que verlo allí y en ese estado me impresionó. No sé si El amor en los tiempos del cólera viajó conmigo desde Granada o lo compré en Madrid, lo cierto es que estaba conmigo y aunque no había terminado de leerlo se lo ofrecí a mi padre para que intentara distraerse y pasar el tiempo en el hospital. No había visto leer un libro en mi vida, así que pensé que no lo terminaría, que se aburriría y me lo devolvería sin leerlo. Semanas después cuando volví a verlo no solo lo habia leido sino que le habia gustado.

Hoy Gabo ya no está con nosotros, pero queda su obra y queda su recuerdo, más allá del hombre o persona, más allá de sus ideas políticas, sus creencias, sus premios o sus amistades. ¿Qué nos queda después de la muerte? A algunos el olvido y a otros el recuerdo eterno porque su obra le sobrevivirá. Descansa en paz Gabo, vivirás siempre en la imaginación de los que te lean; en los que, como yo, asocien tus lecturas a vivencias personales importantes y cuando se hable o escriba sobre Cien años de soledad recuerden a un tío que se fue muy pronto o cuando relean El amor en los tiempos del cólera piensen en que su padre también vivió de alguna manera los amores de Florentino Ariza.

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